Con el paso del tiempo es normal que nuestras toallas pierdan parte de aquella suavidad que tenían cuando eran nuevas. Pueden comenzar a sentirse ásperas, absorber menos e incluso desarrollar ese desagradable olor a humedad.
Sin embargo, el problema no siempre está en la calidad de la toalla. Algunos hábitos relacionados con el lavado, el detergente, el secado y la manera de guardarlas pueden acelerar su deterioro.
Con pequeños cambios podemos conseguir que duren más y mantengan durante mucho tiempo esa agradable sensación de toalla limpia y mullida.
Podemos utilizar menos suavizante

Aunque parezca contradictorio, utilizar demasiado suavizante puede terminar perjudicando las toallas.
Estos productos pueden dejar residuos sobre las fibras y disminuir progresivamente su capacidad de absorción. Una alternativa mencionada por las expertas consultadas por ¡HOLA! es utilizar vinagre blanco de limpieza en el compartimento del suavizante.
Además de ayudar a eliminar residuos de detergente, puede contribuir a neutralizar algunos olores.
No necesitamos lavarlas después de cada ducha

Si una toalla se seca correctamente después de utilizarla, no es necesario colocarla inmediatamente en la lavadora.
Una referencia práctica es lavarla aproximadamente cada tres usos y, como mínimo, una vez por semana.
Lo verdaderamente importante entre un uso y otro es dejarla completamente extendida en un lugar ventilado. Si permanece húmeda y arrugada durante horas, será mucho más fácil que aparezca olor desagradable.
Las toallas nuevas también deberían pasar por la lavadora

Probablemente tengamos ganas de estrenar inmediatamente unas toallas recién compradas, pero conviene lavarlas primero.
Algunos acabados utilizados durante su fabricación pueden hacer que inicialmente absorban menos.
Un primer lavado ayuda a preparar las fibras y puede mejorar su capacidad de absorción antes de comenzar a utilizarlas habitualmente.
Mejor lavarlas separadas del resto de la ropa

Siempre que sea posible, podemos reservar una colada exclusivamente para las toallas.
Al mojarse se vuelven bastante pesadas y necesitan espacio dentro del tambor para que el agua y el detergente circulen correctamente.
Por eso tampoco deberíamos llenar completamente la lavadora. Si introducimos demasiadas piezas, pueden quedar peor lavadas y perder suavidad.
También conviene controlar la cantidad de detergente: utilizar más producto no significa conseguir una limpieza mejor. El exceso puede quedarse acumulado entre las fibras.
La temperatura depende de cada toalla

No necesitamos utilizar siempre temperaturas extremadamente altas.
Para un lavado habitual, las toallas de color pueden lavarse alrededor de 40 °C, siempre comprobando previamente las instrucciones de la etiqueta.
En determinadas situaciones podemos recurrir a temperaturas superiores, como 60 °C, especialmente cuando buscamos una higiene más intensa y el tejido permite ese tipo de lavado.
El secreto contra el mal olor está en controlar la humedad

Ese olor a cerrado que aparece algunas veces no suele solucionarse simplemente añadiendo más perfume.
La humedad suele ser la verdadera responsable.
Cuando termine la lavadora debemos sacar las toallas cuanto antes y comenzar el secado. Dejarlas durante horas dentro del tambor húmedo puede favorecer precisamente el olor que intentamos evitar.
Para neutralizar olores, algunas expertas también recomiendan incorporar una pequeña cantidad de bicarbonato durante el lavado.
El secado también determina su suavidad

Antes de tender una toalla podemos sacudirla varias veces para ayudar a separar sus fibras.
Si vamos a secarla al aire libre, conviene elegir un lugar ventilado y evitar una exposición excesiva al sol, ya que puede terminar endureciendo el tejido.
Si utilizamos secadora, podemos optar por una temperatura baja o media. Las bolas de secado también pueden ayudar a mantener las fibras separadas y conseguir un acabado más mullido.
Las toallas blancas necesitan algunos cuidados adicionales

Después de numerosos lavados, las toallas blancas pueden adquirir un tono grisáceo o amarillento.
En lugar de recurrir siempre a la lejía, existen alternativas como el percarbonato u oxígeno activo, teniendo en cuenta las instrucciones del producto y de la propia toalla.
En el caso del percarbonato, el agua debe superar aproximadamente los 40 °C para que resulte efectivo.
Nunca deberíamos guardarlas húmedas

Podemos realizar perfectamente todo el proceso de lavado y arruinar el resultado en el último momento.
Antes de colocar las toallas dentro del armario debemos comprobar que estén completamente secas.
Incluso una pequeña cantidad de humedad puede terminar provocando olor a cerrado. Lo mismo ocurre cuando dejamos una toalla mojada durante horas dentro del cesto de la ropa sucia.
Mantener varios juegos también permite rotarlos y evitar que siempre utilicemos y lavemos las mismas piezas.
Pequeños hábitos pueden hacer que duren mucho más

No necesitamos productos complicados ni una rutina interminable para mantener nuestras toallas en buenas condiciones.
Evitar el exceso de detergente y suavizante, controlar la humedad, utilizar una temperatura adecuada, no sobrecargar la lavadora y asegurarnos de que estén completamente secas antes de guardarlas puede marcar una gran diferencia.
Con estos pequeños cuidados podemos conseguir que nuestras toallas absorban mejor, permanezcan suaves durante más tiempo y conserven ese agradable olor a limpio que buscamos después de cada ducha.


